Diccionario para mamis

A veces hablamos el mismo idioma pero no nos entendemos. A mi me pasó cuando llegué a España, había algunas cosas que no entendía cuando conversaba con otras personas. Si no fuera por el contexto en el que hablábamos, no me hubiera enterado de muchas cosas. Los primeros años, sobre todo, mi esposo tenía que traducir lo que yo quería decir a mis suegros, amigos, etc. Luego yo misma me vi obligada a explicar algunas de las palabras que usaba aquí a mis seres queridos de Lima. Y ahora que soy madre y he incorporado nuevos términos relacionados con la crianza a mi vocabulario cotidiano, tengo que decir lo que significa porque hay muchos vocablos que no se parecen en nada a las que aprendí en Perú. En ocasiones, incluso, tengo que rebobinar a la hora de hablar con mis hijos porque se me salen las palabras al estilo peruano y mi hijo mayor en el colegio aprende los “españolismos”. Cuando eso pasa él exclama: “¿Mamá qué dices?.
Por eso, para hacerlo más didáctico he querido hacer un diccionario. A ver qué les parece.
Cómo se dice en …
España = Perú
Potito= papilla
Chupete= chupón
Tirar del pelo=  jalar el pelo
Chándal= buzo
Camiseta= polo
Polo=  camiseta con cuello
Babi=  Mandil del colegio
Rebeca = Chompa abierta, con botones
Jersey= chompa cerrada
Bragas= calzones
Calzón= Prenda de vestir masculina con dos perneras que cubre desde la cintura hasta las rodillas
Zapatillas= zapatos de andar por casa, tipo pantuflas.
Chanclas= sandalias
Bañador= ropa de baño
Pantalón corto: short
Pendientes= aretes
Calcetín= medias
Medias= pantys
Mono=: overall
Patucos= zapatitos de lana de bebé
Culito= potito
Parir= dar a luz
Coger= Agarrar
Matrona= obstetra
Ordenador= computadora
Correpasillos= Juguete con ruedas para bebés que sirve para desplazarse apoyando los pies en el suelos  y las manos en un soporte. Diferente al andador de Perú
Tacata= andador
Nana= lullabay, canción de cuna
Rabieta= berrinche
Orinal= Bacín
Chupete= flash
Chupetín= chupa chup
 Palangana= tina para lavar ropa
Tirita= curitas
Trona= silla de bebé para comer
Ceras= crayolas
Bolígrafo= lapicero
Rotuladores= plumones
Deberes= tareas del colegio

Bebé grande, grandes cambios

Se dice que el segundo hijo hereda todo del hermano mayor, sobre todo si son del mismo sexo. Sin embargo, mi pequeño​ Gabriel no ha podido usar la ropa de mi hijo mayor porque no le quedaba​, ya que nació en diferente temporada y más grande que su hermano. Tampoco ha disfrutado de la cuna de recién nacido, porque no entraba en ella.
 
Al principio era gracioso verlo tan gordito, tan cachetoncito, pero a medida que pasó el tiempo su peso y su tamaño nos han traído algunos inconvenientes, como por ejemplo:
. El carricoche se ha roto, la parte del respaldo ha cedido, ya no soporta su peso. De vez en cuando vuelve a su sitio, se arregla, pero en los momentos menos oportunos se va hacia atrás. La solución, pasarlo al carrito de paseo y que hasta hace poco usaba su hermano mayor. Aunque no le gusta mucho, porque es más pequeño y menos cómodo para él, tendrá que acostumbrarse.
. El siguiente problema:  el carricoche más grande, el que se ha roto, tiene un patín acoplado que me sirve para llevar a mi hijo mayor de pie allí y que no se puede poner en el otro carrito. Nos toca buscar y comprar uno nuevo.
. Otro cambio que tenemos que hacer es reemplazar la silla del auto, el pobre Gabriel ya no cabe en ella, entra apretadito y viaja incómodo. 
 . El columpio en donde toma sus siestas por las mañanas y le ha ayudado a relajarse, también está por jubilarse. El pobre trasto ya no aguanta el peso de mi pequeño gigante, le estamos dando tralla hasta el último minuto, a veces ya ni se mueve mucho y tengo que empujarlo para que se balancee. Deberían hacer columpios que soporten el peso de bebés “grandes”.
Con un bebé grande, tocan grandes cambios.

“Mami yo tengo pene y tú tienes vagina”


 
Así clarito lo dice mi hijo. De un tiempo a esta parte lo repite y repite cual disco rayado. Se acuerda de toda su parentela: “mamá yo tengo pene, papá tiene pene, el  abuelo tiene pene, el hermano tiene pene, pero tu mami…..tú tienes vagiiiiiiinaaaaaa”. Así, como todos los niños, sin tapujos, sin vergüenzas, a voz en cuello, en la casa, en la calle, en el parque, para que todos lo sepan, por si no se habían dado cuenta aún. Y claro, aunque me hace gracia, la vergüenza nadie me la quita.
¿Les ha pasado con sus hijos? A mi mucho últimamente. Es que según dicen los psicólogos a partir de los tres años los niñ@s son capaces de distinguir, a su manera, si algo es de un sexo o de otro: a ellos mismos, a las personas que le rodean, las actividades, juguetes.Además, a esta edad empiezan a desarrollar una memoria selectiva acordándose sólo de las cosas que consideran de su género, porque éstas les importan más.
 
Obviamente en el colegio les enseñan a diferenciarse entre niños y niñas y en casa nos toca a los padres hablar de estos temas con naturalidad y creo que desde pequeños es mejor llamar a las cosas o partes del cuerpo por su respectivo nombre. A ver con qué cosa nueva viene mi hijo. Seguro no falta mucho para la pregunta del millón: ¿De dónde vienen los niños? Ya les contaré.

No le gusta mis papillas

Cuando empecé la aventura de la comida con Andrés, mi hijo mayor, no tuve ningún problema porque a él le gustaban las papillas caseras que yo le hacía. Claro, al inicio costó un poco, pero casi de inmediato se hizo al sabor de las verduras, del pollo, pavo, carnes rojas, pescado, frutas, etc.; sin embargo, con su hermano, Gabriel, me está costando sudor y lágrimas que coma “mi comida”. También jugó en su contra que cuando debió empezar a comer, a los seis meses según recomendaciones de los pediatras en España,  se enfermó de los bronquios y encima le empezaron a salir los dientes. Así no había forma de meterle nada en la boca. El pecho era lo único que lo calmaba. Cuando se le pasaron todos sus males, casi a los siete meses y medio, empecé nuevamente a hacerle sus purés. La hora de la comida, de la papilla de verduras, era un trauma ( para él y para mi). Terminaba dándole de comer “mi papilla casera” a las malas. El pobre acababa llorando y ese momento se le hacía infeliz. En cambio, la papilla de frutas casera que le hago, esa si que se la comía y se la come bien. 
 
Un día probé con los “potitos” ( papillas) que venden en los supermercados o farmacias y vaya, ¡sorpresa! ¡se lo comió! ¡Le gustó! 😳 No sé si la textura tan fina, el sabor (yo traté de imitar la receta, pero nada) o, qué se yo…pero se lo come. Hablé con su pediatra, le conté nuestro caso y me dijo que no me preocupara, que siga dándole esas papillas que aunque no sean hechas en casa, están bien elaboradas porque son productos que pasan controles muy estrictos y que incluso ella conocía a una persona que trabaja en una empresa que prepara estos tarritos y le contó que se seleccionan los mejores insumos para su elaboración. Eso me tranquilizó. Sobre todo me dijo que lo importante era que comiera, que se acostumbrara a los sabores y que poco a poco empezaría a comer lo de casa. En fin, ahí vamos con esta aventura,  confiando en que poco a poco acepte “mi comida”.
¿Y ustedes han tenido que “sufrir” como yo con la introducción de la comida con sus bebés?

Yo soy la reina, de mi casa

Tengo ganas de escribir desde hace tiempo, pero mis días se han convertido en un ir y venir de médicos, pañales, papillas y trabajo. Llego a las nueve de la noche rendida, cansada y casi sin darme cuenta caigo en el sofá y solo me levanto cuando oigo el llanto de alguno de mis hijos. Pero bueno, a ver si me voy poniendo al día y escribo más seguido sobre la aventura de ser la reina de mi casa, porque estoy rodeada de chicos, mis chicos.

En mi casa somos: la reina, yo; el rey, papá; el príncipe, Andrés, mi hijo mayor de tres años y medio; y, el principito Gabriel, de nueve meses. Así es como ha definido mi hijo Andrés a nuestra familia.

Hoy quiero hablar de las ventajas y desventajas de ser “la reina de la casa”

Como me dijo mi suegra una vez, las VENTAJAS, en plan consuelo, al no tener una niña: “vas a tener más espacio en el armario para ti”, “vas a tener menos drama, porque las niñas, las mujeres en sí hacemos drama por todo”. Estas dos premisas se me grabaron, jajaja. Y es verdad, yo tengo más espacio en los armarios para mis cosas. Y lo del drama, lo viví un par de meses cuando tuve a mi sobrina de dos años viviendo en casa, la pequeña me retaba cada dos por tres, me desafiaba, hacía un drama de cada cosa, tan pequeñita y sabía usar sus armas de “mujer” para conseguir lo que quería, muy coqueta ella quería todo de todo, bolsos, collares, pendientes, vestidos,- me hubiera encantando tener una nena para comprarle todo eso, pero mi hermana me dijo que el lado negativo lo veía a la hora de pagar todas esas monerías. Mi consuelo: el ahorro, y tener a mis sobrinas de vez en cuando para engreírlas y comprarles cositas monas.

LAS DESVENTAJAS. Pues, diría que al tener tanta testosterona en casa, el toque femenino lo tengo que poner yo, y es que tengo la casa inundada de coches, de trastos electrónicos de mi esposo, de dibujos de carros, de aviones, de ropa por aquí y por allá ( sigo insistiendo a  cada rato en que cada cosa tiene su lugar….van mejorando mis chicos, pero aún les cuesta). Y no sé si lo que diré ahora será una ventaja o desventaja, pero hay momentos en que mis dos hijos quieren estar conmigo a la vez, quieren mis brazos, mi cuello, mi pelo, todo de mi y a la vez. Es lindo pero muy agotador. Muchas veces he estado dándole el pecho al bebé, soportando sus trece kilos sobre un brazo y sobre mi otro brazo sujetando la cabeza del mayor  mientras se dormía. Ufff, ya se imaginan cómo acabo. Pero bueno, se me pasa cuando me llenan de besos y me sonríen.

Otra desventaja, al ser tan toscos, como todo niño, juegan de manera bruta, saltan, gritan, corren sin medir sus fuerzas y ya he sufrido cabezazos y patadas- todo sin querer-, en plan juego, a veces incluso como “cariño”.

Otra cosa que me pasa y me molesta de ser la única mujer en casa es que a veces cuando salimos tengo que vestirme y arreglarme al final. Tengo que planchar y alistar ropa para los tres mientras el papi los ducha. Cuando ya están listos empiezo yo y debo hacer todo (ducharme, echarme mis cremas, maquillarme, vestirme, alistar mi bolso en pocos minutos). Pero aunque hay muchas desventajas, las ventajas y sobre todo los besos, abrazos y mimos de mis tres chicos me llenan el corazón.

No siempre es buen momento para una buena noticia

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Cuando me quedé embarazada de Gabriel quise contárselo a todo el mundo, decirle a todos que esperábamos otro angelito y que nuestra familia iba a crecer. Pero como siempre, mi marido y yo hemos sido cuidadosos con este tema, preferimos dar la primicia a nuestros padres y hermanas, y pasados los tres primeros meses al resto de la familia y amigos.
 En otros círculos de amigos tuvimos que callar, esperar y ser prudentes. ¿La razón? Casi al mismo tiempo que yo recibía esta preciosa noticia, otra persona cercana se enteraba de que había perdido a su bebé de semanas, había tenido un aborto espontáneo y lo estaba pasando fatal tanto física como emocionalmente. Cada vez que oía sobre su situación  y sobre cómo iba asimilando la pérdida de su hij@, se me hacía un nudo en la garganta. A veces hasta me sentía culpable, lloraba, pensaba cómo yo podía estar celebrando la presencia de una nueva vida mientras que otra mujer lloraba por su pérdida.
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Cada vez que mi esposo quería dar la noticia de nuestro embarazo, surgía algún comentario sobre la situación de estos padres que estaban atravesando por esta situación y nos callábamos. Mi alegría a veces se convertía en tristeza al oírlos. Así pasaron varias semanas. Ya mi incipiente barriguita empezaba a notarse y era momento para decirlo, justo cuando las aguas se iban calmando. Nos sentimos más aliviados por contarlo y por saber que esta pareja de amigos estaba mejor.
Se estima que la tasa de abortos espontáneos es de uno de cada cinco embarazos (un 20%). Algunos expertos afirman que estas cifras son mayores, llegando a un 50%, pues muchos abortos espontáneos suceden cuando las mujeres ni siquiera se han dado cuenta de que estaban embarazadas.
Es importante tener mucho tacto cuando tienes a alguien cerca que haya atravesado o esté atravesando por esta situación. Si quieres hacer algo, puedes darle un abrazo para animarl@. Dejarl@ hablar. Recuerda que no solo la mujer pasa por este trance,  el marido (o pareja) también. Pregúntale a él cómo está, cómo se siente. Si es muy cercana, pasa tiempo con esa persona y ayúdala en lo que necesite.
Lo que no debes hacer es un cálculo de cuánto tiempo le llevará recuperarse. No des por sentado que habrá otro embarazo. No minimices su pérdida  con frases como “aún eres joven  y puedes intentarlo otra vez” o  “la naturaleza es muy sabia y es mejor esto a que nazca con algún defecto”.  Esto me lo digo a mi misma, porque en algún momento he caído y he dicho alguna de estas frases, pero con el tiempo he aprendido que cada uno lleva su dolor de manera diferente y a veces las palabras o comentarios sobran en estos casos. Ponernos en el lugar del otro ayuda a comprender el dolor y no meter la pata.

Nadie dijo que fuera fácil

 

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Nadie dijo que fuera fácil, ni que todo fuera lindo, ni que fuese como lo pintan en las revistas. Ser madre es lo más hermoso que le puede pasar a una mujer, pero también puede ser estresante y cansado, sobre todo si lo eres por segunda vez.

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Qué pasa cuando llegas a tu casa después de una cesárea, con el dolor de la operación y la incomodidad de la grapas, y tu pequeño bebé tiene hambre y aún no tienes la suficiente leche para saciar su hambre y se pone a llorar como un descosido mientras su hermano mayor aprovecha el mínimo descuido para darle un manotazo o un pellizco. Aunque quieras mantener la calma, la desesperación se apodera de todo tu ser. No tienes ni fuerzas ni ganas para calmarlos a todos. Lo único que haces es llorar de impotencia día tras día hasta que la situación va mejorando.  Y cuando crees que en algo mejora y ya la leche va saliendo, te das cuenta que tu bebé sufre con gases y con pequeños cólicos que hacen que no coma bien y llore y se desespere… Vuelves a estresarte y llorar con él.
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Pues así fueron mis dos primeras semanas como bimadre: estresada, cansada, agotada, dudaba de poder hacer bien mi papel de mamá, incluso tenía momentos en los que me preguntaba por qué me había metido en este berenjenal, con un hijo estaba bien, podía viajar, moverme, irme a comprar, etc. Mis primeros días de bimaternidad fueron largos y a pesar de tener el apoyo de mi esposo y la ayuda de mis  padres, me sentía fatal. Lo más próximo a un relajante para mi era una ducha fría, esos minutos bajo el agua se llevaban mi estrés y mis lágrimas.
Ya estamos por cumplir el segundo mes de estrenada bimaternidad y ya no lloro, me sigo estresando por momentos, sobre todo cuando mi hijo mayor se pone celoso y quiere pegar a su hermanito o cuando el pequeño coge la teta y luego la suelta, la coge y luego la suelta porque sufre de pequeños dolores supongo, y según su pediatra, por los gases. Pero ahí vamos, para adelante, esperando que todo fluya y mejoren las cosas. Por lo menos ahora que el mayor ha entrado al colegio, tengo un respiro.