Bebé grande, grandes cambios

Se dice que el segundo hijo hereda todo del hermano mayor, sobre todo si son del mismo sexo. Sin embargo, mi pequeño​ Gabriel no ha podido usar la ropa de mi hijo mayor porque no le quedaba​, ya que nació en diferente temporada y más grande que su hermano. Tampoco ha disfrutado de la cuna de recién nacido, porque no entraba en ella.
 
Al principio era gracioso verlo tan gordito, tan cachetoncito, pero a medida que pasó el tiempo su peso y su tamaño nos han traído algunos inconvenientes, como por ejemplo:
. El carricoche se ha roto, la parte del respaldo ha cedido, ya no soporta su peso. De vez en cuando vuelve a su sitio, se arregla, pero en los momentos menos oportunos se va hacia atrás. La solución, pasarlo al carrito de paseo y que hasta hace poco usaba su hermano mayor. Aunque no le gusta mucho, porque es más pequeño y menos cómodo para él, tendrá que acostumbrarse.
. El siguiente problema:  el carricoche más grande, el que se ha roto, tiene un patín acoplado que me sirve para llevar a mi hijo mayor de pie allí y que no se puede poner en el otro carrito. Nos toca buscar y comprar uno nuevo.
. Otro cambio que tenemos que hacer es reemplazar la silla del auto, el pobre Gabriel ya no cabe en ella, entra apretadito y viaja incómodo. 
 . El columpio en donde toma sus siestas por las mañanas y le ha ayudado a relajarse, también está por jubilarse. El pobre trasto ya no aguanta el peso de mi pequeño gigante, le estamos dando tralla hasta el último minuto, a veces ya ni se mueve mucho y tengo que empujarlo para que se balancee. Deberían hacer columpios que soporten el peso de bebés “grandes”.
Con un bebé grande, tocan grandes cambios.
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No le gusta mis papillas

Cuando empecé la aventura de la comida con Andrés, mi hijo mayor, no tuve ningún problema porque a él le gustaban las papillas caseras que yo le hacía. Claro, al inicio costó un poco, pero casi de inmediato se hizo al sabor de las verduras, del pollo, pavo, carnes rojas, pescado, frutas, etc.; sin embargo, con su hermano, Gabriel, me está costando sudor y lágrimas que coma “mi comida”. También jugó en su contra que cuando debió empezar a comer, a los seis meses según recomendaciones de los pediatras en España,  se enfermó de los bronquios y encima le empezaron a salir los dientes. Así no había forma de meterle nada en la boca. El pecho era lo único que lo calmaba. Cuando se le pasaron todos sus males, casi a los siete meses y medio, empecé nuevamente a hacerle sus purés. La hora de la comida, de la papilla de verduras, era un trauma ( para él y para mi). Terminaba dándole de comer “mi papilla casera” a las malas. El pobre acababa llorando y ese momento se le hacía infeliz. En cambio, la papilla de frutas casera que le hago, esa si que se la comía y se la come bien. 
 
Un día probé con los “potitos” ( papillas) que venden en los supermercados o farmacias y vaya, ¡sorpresa! ¡se lo comió! ¡Le gustó! 😳 No sé si la textura tan fina, el sabor (yo traté de imitar la receta, pero nada) o, qué se yo…pero se lo come. Hablé con su pediatra, le conté nuestro caso y me dijo que no me preocupara, que siga dándole esas papillas que aunque no sean hechas en casa, están bien elaboradas porque son productos que pasan controles muy estrictos y que incluso ella conocía a una persona que trabaja en una empresa que prepara estos tarritos y le contó que se seleccionan los mejores insumos para su elaboración. Eso me tranquilizó. Sobre todo me dijo que lo importante era que comiera, que se acostumbrara a los sabores y que poco a poco empezaría a comer lo de casa. En fin, ahí vamos con esta aventura,  confiando en que poco a poco acepte “mi comida”.
¿Y ustedes han tenido que “sufrir” como yo con la introducción de la comida con sus bebés?

No siempre es buen momento para una buena noticia

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Cuando me quedé embarazada de Gabriel quise contárselo a todo el mundo, decirle a todos que esperábamos otro angelito y que nuestra familia iba a crecer. Pero como siempre, mi marido y yo hemos sido cuidadosos con este tema, preferimos dar la primicia a nuestros padres y hermanas, y pasados los tres primeros meses al resto de la familia y amigos.
 En otros círculos de amigos tuvimos que callar, esperar y ser prudentes. ¿La razón? Casi al mismo tiempo que yo recibía esta preciosa noticia, otra persona cercana se enteraba de que había perdido a su bebé de semanas, había tenido un aborto espontáneo y lo estaba pasando fatal tanto física como emocionalmente. Cada vez que oía sobre su situación  y sobre cómo iba asimilando la pérdida de su hij@, se me hacía un nudo en la garganta. A veces hasta me sentía culpable, lloraba, pensaba cómo yo podía estar celebrando la presencia de una nueva vida mientras que otra mujer lloraba por su pérdida.
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Cada vez que mi esposo quería dar la noticia de nuestro embarazo, surgía algún comentario sobre la situación de estos padres que estaban atravesando por esta situación y nos callábamos. Mi alegría a veces se convertía en tristeza al oírlos. Así pasaron varias semanas. Ya mi incipiente barriguita empezaba a notarse y era momento para decirlo, justo cuando las aguas se iban calmando. Nos sentimos más aliviados por contarlo y por saber que esta pareja de amigos estaba mejor.
Se estima que la tasa de abortos espontáneos es de uno de cada cinco embarazos (un 20%). Algunos expertos afirman que estas cifras son mayores, llegando a un 50%, pues muchos abortos espontáneos suceden cuando las mujeres ni siquiera se han dado cuenta de que estaban embarazadas.
Es importante tener mucho tacto cuando tienes a alguien cerca que haya atravesado o esté atravesando por esta situación. Si quieres hacer algo, puedes darle un abrazo para animarl@. Dejarl@ hablar. Recuerda que no solo la mujer pasa por este trance,  el marido (o pareja) también. Pregúntale a él cómo está, cómo se siente. Si es muy cercana, pasa tiempo con esa persona y ayúdala en lo que necesite.
Lo que no debes hacer es un cálculo de cuánto tiempo le llevará recuperarse. No des por sentado que habrá otro embarazo. No minimices su pérdida  con frases como “aún eres joven  y puedes intentarlo otra vez” o  “la naturaleza es muy sabia y es mejor esto a que nazca con algún defecto”.  Esto me lo digo a mi misma, porque en algún momento he caído y he dicho alguna de estas frases, pero con el tiempo he aprendido que cada uno lleva su dolor de manera diferente y a veces las palabras o comentarios sobran en estos casos. Ponernos en el lugar del otro ayuda a comprender el dolor y no meter la pata.

Ayuda caída del cielo

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Mis padres que viven en Lima, Perú, han estado conmigo desde antes del nacimiento de mi segundo hijo Gabriel. Decidieron tomarse unas “vacaciones” para venir y ayudarme en la recta final del embarazo y para cuando naciera el bebé. Los tres meses de su estadía se acaban. Se me termina “el chollo”, como dicen por aquí. Han sido y son de gran ayuda. Mi madre me limpia la casa, me cocina, me ayuda con Andrés  (mi hijo mayor), con el pequeño Gabriel. Mi padre se va con el grande al parque, juega con él, etc. Pero más que ayudarme, han venido a cuidarme, ha llenarme de mimos y de amor. Hoy se van, vuelven a su casa, a 10 mil km. de la mía y no saben cómo los voy a echar de menos, no solo por la grandísima ayuda que me han dado en estos tres meses, sino porque me he sentido niña otra vez con todos sus cuidados y sus palabras. Qué gran bendición es tener a los padres y más aún si están cerca para echarte una mano cuando lo necesitas, para aconsejarte y hasta para reñirte.
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Mañana vuelvo a mi realidad, sola con mis dos pequeños, mi marido, la casa. Les vamos a extrañar muchísimo, mi casa ya no será la misma. Ellos se van con la alegría de haber visto nacer a su nieto (se perdieron el nacimiento de Andrés), nosotros nos quedamos con la tristeza de su partida. Nos queda la esperanza de que en un año nos volveremos a ver.
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Sentimientos encontrados

Desde el embarazo empecé a tener sentimientos encontrados: de alegría, miedo, inseguridad.  Estaba feliz porque mi bebé estaba sano y aunque el embarazo se me hizo pesado sabía que todo tendría un final feliz. Sentí miedo al no saber cómo afrontaría la bimaternidad, si podía ser capaz de llevar la casa, un niño de casi tres años y un bebé. Pero el sentimiento más fuerte que tuve fue el de sentir que traicionaba a mi hijo mayor por su hermanito, que le quitaba su puesto, que ya no sería mi engreído, que no iba a cuidarlo como siempre. Es más, no sabía cómo era eso de dar amor a dos pequeños que me iban a necesitar a la vez. Me preguntaba si sentiría el mismo amor por ambos. Llegué a preguntarles a mis amigas (bimadres) sobre este tema, ellas me dijeron que eso se aprendía en el camino, que hay amor para cada hijo, pero que la relación que uno forjaba con el primero era más fuerte y más especial que con el segundo, no mejor ni peor, sino especial por haberle dedicado tiempo exclusivo.
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Con este cúmulo de pensamientos y sentimientos, quise por todos los medios que en este segundo embarazo  mi parto fuese natural porque no quería dejar a mi hijo mayor “solo” (sin mi) por mucho tiempo. Mis esfuerzos no sirvieron de nada, las caminatas, los ejercicios con la pelota de pilates, la homeopatía, no me sirvieron de nada. Al final me hicieron cesárea porque no dilaté casi nada. Tuve que quedarme cuatro días hospitalizada y eso me dolió más que las grapas que me pusieron. Se me partía el corazón ver a mi hijo llorar cuando se despedía porque quería quedarse conmigo en el hospital. Él no entendía por qué no podía quedarse conmigo y por qué había otro bebé en mis brazos que sí podía estar a mi lado. Él lloraba y yo también. Esos días en el hospital fueron horribles e interminables. Tanto fue mi afán por querer irme a casa con mi hijo mayor que a la pregunta del médico de si quería el alta un día antes de lo normal, dije que sí. Poco a poco estoy aprendiendo a repartir mi amor, mi tiempo, mis atenciones y mimos a mis dos pequeños tesoros y, sí, hay amor para los dos.
¿Alguna vez has sentido que con el segundo hijo traicionabas al mayor?, o ¿quizá no sabías, como yo, eso de dar amor a más de un hijo?. Ojalá puedas compartir tu experiencia conmigo. Besos.

Estrenando bimaternidad

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Como dice el dicho no hay primera sin segunda. Y así fue. Nos fuimos por la segunda ronda de bebés. Tuvimos a Gabriel en pleno verano español. Una vez más fue por cesárea y es que no había más que pensar, al igual que en mi primer embarazo no dilaté y el cuello del útero no se redujo en mi semana 41; por eso, la mejor opción fue la intervención quirúrgica y menos mal que tomamos ese camino porque mi hijo venía con una vuelta de cordón y pesaba 4,520 gramos. Con esto, según los médicos, era muy complicado que naciera mediante parto normal.
No quise pasar por la experiencia del primer embarazo y pasarme dos largos días en el hospital tratando de dilatar con diversos medicamentos para terminar finalmente en un quirófano. La cesárea es una operación que como todas tiene sus riesgos, sus pros y sus contras. Lo bueno: el bebé sufre menos y sale rápido; lo malo, la recuperación de la madre es más lenta, más dolorosa, y la leche demora en bajar.
Ya ha pasado mes y medio de “mi parto” y puedo decir que estoy recuperada de la operación y estrenando bimaternidad.

Fin de semana ¿con hijos o sin hijos?

En este post he querido describir cómo es un fin de semana con hijos y uno sin hijos. Le he pedido a mi amiga Lidia que nos cuente su finde y describiré cómo ha sido el mío como madre. ¿Tu con cuál te identificas?

Un fin de semana sin hijos

Hace un tiempo que teníamos Cindy y yo pendiente escribir un post para comparar nuestros fines de semana, y es que el hecho de tener hijos y de no tenerlos te cambia mucho.
Me encuentro en el bando de las “sin hijos”, si es que hay dos bandos porque ante todo nos consideramos amigas y mujeres luchadoras. Pero bueno, creo que puede quedar muy gracioso, así que para que quede lo más real posible me voy a centrar en el finde pasado que tuvimos una cita juntas así que podrás ver las diferencias entre una y otra hasta llegar al mismo sitio..

El sábado a las 15:30 horas habíamos quedado para hacer rafting, llevábamos ya tiempo coordinado fechas, porque como vivo en Valencia es más difícil poder juntarnos, pero por fin lo conseguimos.

El viernes por la mañana estuve trabajando en la casa familiar de Águilas, soy freelance y trabajo desde casa así que es más fácil para mi moverme de un lado a otro, eso sí necesito Internet y un ordenador.

A las 14:30 horas José me llamó porque había preparado la comida, si estamos los dos en casa suele cocinar él porque le gusta mucho y a mí más jajaja Después de trabajar me di una pequeña siesta (15 minutos), no lo hago a excepción de los viernes que procuro no trabajar por la tarde. Después nos dimos un baño en la piscina y nos arreglamos porque habíamos quedado con mis amigas de la infancia.

Amigas en chiringuito

Amigas en chiringuito Aguilas

Sobre las 20:00 horas nos fuimos a “la Casica Verde”, es un chiringuito de playa para ver la puesta de sol. ¿Cenar? Pues ya improvisaríamos algo, al final tomamos unos montaditos.

Sobre las 22:30 horas nos trasladamos hasta otro lugar, el puerto Juan Montiel, para escuchar un concierto de Jazz. Tengo que aclarar que de los presentes ninguno teníamos hijos así que íbamos improvisando sobre la marcha. ¡Me encanta poder hacerlo! y sobre la 1 o así nos fuimos a dormir.

El sábado fue un día ajetreado para nosotros, porque fuimos a pasar la ITV a Lorca, vaya cola que nos tragamos… así que después de esperar un montón de tiempo salimos de ahí con rumbo a Blanca.

Nos hicimos una bolsa con una muda porque los bañadores los llevábamos puestos.
Como se nos hizo la hora de comer, paramos a comer en la venta el Peretón, ¿lo conoces? Tienen un embutido muy rico aunque de precio lo vimos un poco caro. Así que seguimos la marcha hasta Blanca donde nos reunimos con Cindy, Ramón, Covi y Diego.

Allí fueron risas, risas y más risas. La verdad es que pasamos una tarde muy deliciosa y da gusto reunirte con buenos amigos.

Después de Blanca volvimos a casa súper cansados, fuimos a picar algo y a dormir.

Estoy deseando leer como fue ese mismo finde para una mamá con hijos, seguro que ha sido más estresante que el mío, aunque conociendo a Cindy… ella no es una persona que se ponga muy nerviosa porque suele controlar la situación bastante bien.

Rafting Blanca

Rafting Blanca con amigos

Fin de semana con mi hijo

No hay duda que tener un hijo te cambia la vida, pero esa vida te la cambia a un mundo lleno de sonrisas, alegrías y, claro, a veces también matizado con uno que otro enfado o contratiempo, porque con los niños nunca sabes por dónde saldrán los tiros.

Mientras Lidia trabajaba en Águilas, yo hacía lo propio en casa, redactando mi noticia que debía dar por la radio. Trato de organizarme lo mejor que puedo para hacer este trabajo que me permite compaginar mi labor de madre. Mientras ‘su José’ le preparaba la comida, ‘mi Ramón’ estaba trabajando, por lo tanto la que tenía que meterse en los fogones con este calor insoportable era yo, sin la brisita del mar que Lidia tenía cerca (envidia sana). Una vez que llegó el papi a la casa nos sentamos a comer. Con el calor que está cayendo en España pocas ganas había de salir a pasear, además he aprendido- salvo cosas pendientes por hacer- que si mi hijo duerme nosotros también, aunque a veces aprovechamos ese tiempo para leer, ver alguna película, o conversar en lugar de tomar la siesta.

Por la noche salimos a dar una vuelta al parque y a pasear por el centro. Eso sí, después de que mi hijo hubo cenado. Si salimos antes de que cene, llevo su comida para dársela donde nos pille. Luego del paseo volvimos a casita que tocaba baño del nene, él a tomar su biberón, nosotros a cenar, y todos a dormir. Si Andrés duerme rápido y temprano vemos alguna peli, sino a soñar con los angelitos como diría mi mamá.

La mañana siguiente teníamos día de rafting. A pesar de que el encuentro era sobre las 3:30 pm. Nosotros nos levantamos temprano, porque había que alistarlo todo. Mientras yo hacía la comida del nene y preparaba el desayuno, papá alistaba la ropa y bolsa de pañales y nuestra mochila con lo que íbamos a necesitar. Además, tuvimos que salir rápidamente porque había que llevar a nuestro hijo hasta la casa de playa de los abuelos, allí se quedaría mientras nosotros íbamos de rafting. Llegamos, dimos de comer a Andrés, ayudamos en la cocina, comimos todos, y cogimos el coche rumbo Blanca para encontrarnos con nuestros amigos. Fue una tarde súper divertida, de relax, de muchas alegrías, mucho humor y sobre todo de desconectar de la cotidianeidad. Ramón y yo divirtiéndonos juntos en pareja junto a nuestros amigos y descansando, por lo menos unas horas, de ser papá y mamá. Y creo que Covi y Diego también, descansando de esa gran responsabilidad de criar a dos hermoso niños.

Al terminar nos quedamos un ratito para una mini sesión de fotos con José y Lidia y para tomar algo en la orilla del río. Luego volvimos raudamente a ver a nuestro chiquitín y junto a los abuelos ir al cine de verano. Sí, al cine de verano con nuestro hijo. Aunque estábamos cansados y yo tenía las secuelas del antihistamínico que había tomado en el río porque me dio una reacción alérgica en la piel no sé por qué, decidimos ir a ver ‘Ant Man’. Nos la jugamos, porque era la primera vez que Andrés iba al cine de verano ya consciente, caminando y entendiendo dónde estaba. Antes lo habíamos llevado cuando tenía menos de un año y se durmió rápidamente y  nos dejó ver la película sin problemas. Pero esta vez… esta vez no fue igual. Al inicio se portó bien, luego se aburrió y quería explorar el lugar, bajarse del carricoche y correr por todo el recinto del cine. Menos mal que estos cines, al ser abiertos, familiares, se permite esto y más. Su padre y su abuelo se iban turnando para caminar con él. Al final nadie disfrutó al cien por cien de la película. Ya sabemos que al cine de verano no volvemos con Andrés hasta que sea más grande y él quiera ver alguna peli. Así acabamos el día. Al volver a casa, caímos todos rendidos. Ni el calor pudo movernos de la cama.

Así es un fin de semana cuando hay hijos, más cansancio, más trabajo, más de todo, pero al final del día terminas con esa satisfacción de ver a tu hijo durmiendo cual angelito después de haber consumido todas sus energías y las tuyas también. Verlo dormir tan plácidamente te da una paz… que lo ves y parece que no mataría ni una mosca, hasta el día siguiente en que se levanta antes que tú y empieza una vez más la juerga para él, mientras que tu deseas seguir en los brazos de Morfeo. ¡Viva el verano! ¡Vivan los hijos!